lunes, mayo 09, 2005

Relato verídico

Yo sufrí mobbing, y fui una de tantas víctimas de esa cruel e inexorable tortura, en la que el torturador silenciosamente pretende degradarte, aniquilarte, hacerte desaparecer incluso para ti mismo. Y como dependemos de los demás para elaborar nuestros juicios, inlcuso acerca de nosotros mismos, cuando te dejas de ver reflejado en los otros empiezas a dudar de tu propia condición de persona válida. Tus percepciones se enturbian, y llega un momento en el que únicamente sabes que estás sufriendo intensamente, pero ni tan siquiera sabes exactamente porqué. El acosado es el último en enterarse, al menos en mi caso, lo fue.

No quiero extenderme excesivamente en los detalles ni tampoco llorar por la leche derramada. Para mi el tiempo de llorar ha pasado, al menos por los hechos que recogen estas líneas. Y lloré mucho. En la peor época llorar era lo primero que hacía al despertarme por la mañana, y seguía llorando mientras me preparaba para ir a trabajar. Me resultaba muy difícil dejar de llorar para poderme pintar, aunque lo intentaba. Al salir a la calle la angustia y la tristeza aumentaban, y muchos días las lágrimas me caían por las mejillas camino de la oficina. Al llegar, conseguía no llorar. No sé ni cómo. Solo una vez lloré en mi mesa. Salí del despacho de mi jefe, me senté y lloré. Mi compañero se levantó y me puso una mano en el hombro. Nunca olvidaré su gesto de persona decente, a pesar de que él también fue manipulado. Todos lo fuimos.

El acosador, o torturador psicológico, es muy hábil a la hora de manipular su entorno. Mi verdugo sabía fingir las emociones convenientes en el momento apropiado. Digo fingir porque tras trabajar 5 años en la misma empresa y observarle detenidamente, llegué a la conclusión de que no experimentaba más que emociones básicas, y siempre centradas en si mismo. Puedo afirmar que es un individuo que carece de empatía, y encaja al cien por cien en la descripción del psicópata. Nunca le he visto establecer un vínculo afectivo profundo y duradero con nadie, pero si destrozar carreras profesionales con una fruición y ensañamientos solo superados por su absoluta falta de remordimientos. Estoy convencida de que nada de lo que que nos ha hecho a ninguna de sus víctimas le ha restado ni un minuto de sueño.

Antes de que mi pesadilla comenzara, mis compañeros de trabajo eran también mis amigos. Cuando el torturador se incorporó al equipo (de la mano de alguien y sin ningún mérito propio), se tomó su tiempo para irnos conociendo: nuestros puntos débiles, cómo interactuábamos entre nosotros... Me di cuenta de que le resultaban especialmente molestas las relaciones amistosas. Fue lo primero que minó. El ambiente dejó poco a poco de ser agradable. A mi nadie me decía nada, y yo no entendía qué estaba ocurriendo. Solo sabía que algo iba mal, y que yo estaba en el medio. Era evidente que la degradación del ambiente me afectaba a mi en exclusiva. Paralelamente fue bloqueando mis cauces de comunicación con mis superiores. Y también en ese campo esparció su veneno. Le llevó tres años destruir completamente mi reputación de buena profesional. Es algo de lo que estoy orgullosa. Yo tenía el listón muy alto y, sin saberlo realmente, se lo puse muy difícil. Con mi actitud conciliadora y profesional por encima de todo le hice sudar tinta. Yo gané batallas. Pero él gano la guerra. Siempre ganan.

En lo peor del infierno recibí una bendición: me quedé embarazada. Durante el embarazo hice todo lo posible porque la situación me afectara lo menos posible. No se me ahorraron disgustos, pero luché como una leona por mantener mi paz de espíritu por el bien de mi hijo. Mil veces me planteé dejar el empleo, y otras tantas fui frenada por las personas de mi entorno. Lo ideal creo que hubiera sido cambiar de empleo, pero no siempre es fácil o viable. Yo lo intenté, pero no lo conseguí.

Tres meses antes de dar a luz se produjo un cambio importante en mi entorno laboral: nos cambiamos de oficinas y la mayoría de mis compañeros, por aquel entonces ya aliados de mi torturador, quedaron en la sede antigua, mientras que a la nueva se incorporaron un par de personas nuevas.

El periodo de baja maternal marcó una diferencia. Mi mente fue totalmente absorbida por el bebé y el resto del mundo se replegó sobre si mismo y se empequeñeció. El trabajo era un mal recuerdo, lejano y confuso, al que apenas dedicaba ningún pensamiento. Al desvincular mi mente de la situación angustiosa, empecé a comprender lo que realmente estaba pasando. Sin el menor esfuerzo y totalmente distanciada de la situación, las piececitas del puzzle se fundieron en una imagen nítida. Y con la comprensión de la realidad, para mi llegó la liberación. Acepté que mi carrera estaba acabada (al menos en ese puesto en concreto), mi imagen como profesional por los suelos y mi credibilidad socavada. Tomar conciencia de los hechos y asimilarlos supusó un gran alivio para mi porque mi lucha cesó. Para mi llegó el principio de la paz, mi paz.

Cuando me reincorporé la situación para mi era ya diferente. Seguía siendo tratada como un objeto (nada de comunicación directa, todo notas dictadas a terceros, nada de información, nada de responsabilidad, nada de contacto con nadie externo al despacho, el mínimo trabajo posible, etc.), pero lo llevaba lo mejor posible buscando mis propias ocupaciones y cortando todo vínculo emocional con mi trabajo. He de decir que mi nueva compañera me ayudó mucho, más de lo que ella misma se puede imaginar. No necesitó hacer nada heroico, ni desafiar a los jefes. Bastó con hacerme saber que ella "veía" lo que pasaba. Fue de la manera más sencilla. Uno de tantos días, mis jefes se asomaron a su puerta y susurraron "buenos días, T...", evitando dirigirme siquiera un saludo. Esto era lo habitual. Pero ese día que a mi se me ha quedado grabado en la memoria ella dijo, cuando ya se habían ido, "qué fuerte". Mi alivio y gratitud por no hacerse la ciega fueron enormes. Nadie que no haya vivido esa ignominia puede comprender lo que aquel comentario supuso para mi. Me levanté y hablé con ella. Poco, pero lo justo. Quise hacerle saber que valoraba su gesto en todo lo que valía. No me apoyé en ella, no hubiera sido justo. Pero tener al lado a una persona cabal supuso mucho para mi. Cuando se marchó la eché de menos, pero me alegré por ella.

Un año después mi torturador se marchó. Ya casi me era indiferente, tan acoplada estaba a la situación. No pude dejar de lamentarlo por sus futuras víctimas, tan ajenas a los que se les avecinaba. La situación apenas ha cambiado desde entonces. Algo ha mejorado, desde luego, ya nadie me acosa. Pero las raíces del mal que sembró han resultado ser muy profundas. Sé que nada ni nadie me devolverá el prestigio perdido. No puedo defenderme de todas sus calumnias porque, aunque sé positivamente que exiten, la mayoría no han llegado a mis oidos, sino que tan solo he presenciado sus efectos devastadores. En cambio he ganado en otras cosas, como mi propia sensación de valia y una mayor independencia de criterios con respecto al entorno. Lo que no te mata, te hace más fuerte.

Quisiera transmitir unas palabras de esperanza a aquellos que sufren el acoso psicológico en el trabajo: que la vida no empieza ni debe terminar en un empleo, que el mundo es un sitio grande con muchas posibilidades. No te estés quieto, no te dejes destruir. Aunque nadie más te apoye, no te abandones también a ti mismo. Busca otro empleo, otros intereses, búscate a ti mismo. Y si tienes que seguir en el mismo sitio lucha por mantener la perspectiva, no pierdas la sonrisa, ten comprensión hacia la cobardía de los demás pero, por encima de todo, sé fiel a ti mismo y aprende a ser asertivo.

Si tú no has sufrido esta traumática experiencia en tus propias carnes, pero en tu entorno laboral hay alguien que sí lo está haciendo, abre los ojos y ve por ti mismo:
Habla con esa persona con la que nadie quiere hablar, aunque tan solo sea un saludo y una sonrisa amable por la mañana.
No contribuyas a propagar rumores: es un juego social mezquino y destructivo, y además, es como un boomerang, que tarde o temprano volverá al que lo lanzó y le golpeará.
No le juzgues por ser huraño, cualquiera en su situación lo sería, y posiblemente esté muy deprimido.
Intenta detectar quién es el acosador principal, aquel que está orquestando la situación. Si se le deja de seguir el juego se termina el acoso. Por sí mismo no suele ser capaz de hacer gran cosa.
No seas su cómplice. Te puede tocar a ti.
Esther

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